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miércoles, 25 de febrero de 2009

El agua, la noche, por qué en femenino?


El artículo que precede a la lluvia y al agua las determina como femeninas. También la noche y no al día. Líquido y oscuridad nos preceden e identifican quizá.
Es tan largo este camino, el de sentirse femenina en este planeta donde lo masculino marca hasta el hartazgo las detonantes del poder. Y no es una frase feminista más, es un descubrimiento cada día a lo largo de una vida.
Desde los decires, sí, esos refranes populares que nos denominan " chancleta" cuando nacemos, pero aún antes de nacer: si es mujer queda una fea y manchada, si es varón una se ve bonita. ¿ Simple?
La noche se ve tan bonita...hay un encandilamiento estelar ahí arriba, me gustaría deleitarme con poemas pero me he prometido estudiar esto de la comunicación femenina. Me debo esto de saber por ejemplo desde cuándo fuímos autorizadas a leer y escribir, que hoy por hoy ya no se discute, eso es comunicación y forma parte de la historia.
Cuándo se autorizó nuestro pensamiento crítico y cuándo aceptamos el desafío y lo empleamos.
Cuándo realmente nos sentimos liberadas a decir lo que pensamos sin mirar a los costados y recibir las críticas.
Cuándo dejaron de castigarnos por ser sinceras ciento por ciento, si es que ha sucedido realmente.
Cuánto poder tenemos en los medios masivos de comunicación. Y en las altas esferas de los poderes políticos. Y si se ha empleado alguna vez en la historia la frase: atrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre...
Si tener la sarten por el mango significa perder la femeneidad auténtica.
Me interesaría escuchar, bueno en realidad leer, comentarios sobre el tema. O ver fotos, o escuchar canciones o mirar películas. Acá todo vale y entre todos, puse todos y no todas, podemos divertirnos y aprender un poco más del tema.
Para comenzar riéndonos un poco les dejo algo escrito por la inefable Graciela Acher y, si no les parece real, sean sinceros y lean de nuevo:

">Es bien sabido que sociedad impone a los hombres ser exitosos y tener dinero, y a las mujeres ser lindas. No sólo tener una cara y un cuerpo más o menos agraciado, sino algo mucho más exigente: ser una presa más apetecible en el supermercado de la carne.
El juego es "versa y viceversa" -como diría mi abuelo-, ya que mejorando nuestra mercadería podemos aspirar a un mejor precio en el mercado y, a su vez, el comprador más poderoso es el que se lleva la mejor mercancía.
Al menos antes, la venta se producía prácticamente a ciegas y el comprador intuía más que veía lo que compraba, ya que por aquel entonces no había manera de probar hasta que la venta no estuviera consumada.
¡Y ni hablar de devolver el producto!
Si no les gustaba, a arreglarse como fuera, pero la plata no se devolvía.
La mujer se entregaba pasivamente a ese destino, y generalmente pasaba de la casa de su padre a la de marido sin haber podido insultar a ninguno de los dos.
Pero todo aquello es historia antigua.
Las mujeres ya hicimos nuestra revolución, que desterró para siempre la dependencia con el macho.
Ahora nadie nos obliga a nada.
Somos dueñas de nuestras propias decisiones y de nuestro propio cuerpo.
¡Basta de trabajar de paquete!
¡Basta de dejarse manosear por un padre o por un marido!
¡Ahora el único que nos manosea es el masajista!
Porque a decir verdad -qué dura se puso la cosa-, ¡ahora toda la mercadería está a la vista!
Y no hay disfraz que valga: la vidriera exige los culos altos, las panzas chatas, las tetas duras, los brazos fuertes, las piernas firmes. ¡Fir... mes!
Las mujeres huimos de la cocina para meternos en la legión extranjera.
Pero por propia voluntad ¿eh?. Y con la frente bien alta.
Porque -lo admitamos o no- estar en linea es el servicio militar femenino.
El mercado está que arde, mercadería es lo que sobra y el exceso de oferta no hace más que abaratar el producto.
Pero a nosotras no nos importa nada porque estamos disfrutando de nuestra tan ansiada libertad.
Por fin supimos para qué teníamos el cuerpo. ¡Para cambiarlo!.
Con masajes, gimnasia, corridas, pesas, dietas imposibles y sacrificios estériles.
Me pregunto: ¿Existirá en el mundo una tortura peor que la gimnasia?. ¿Pasarse horas, días, meses, años, saltando, corriendo, sudando como beduinas, para poder sacarse de encima el plato de ravioles del domingo?.
La presión que sufrimos hoy con nuestro propio cuerpo es tan pesada como la anterior dependencia con el hombre, y nos hace más objeto que nunca.
Seguimos muy lejos de la auténtica libertad.
A su vez, el pasar del sexo tabú al sexo bandera no solo no ha mejorado las relaciones entre el hombre y la mujer, sino que ha fomentado la vieja dicotomía masculina que no les permite unir sexo con amor.
Para mi la culpa la tiene Wollywood.
Porque Hollywood me hizo creer que el sexo era sólo para las diosas y que el placer era sólo patrimonio de la belleza. Que si yo lograba ser un objeto tan bello como Marilyn, Rita o Brigitte, conseguiría el amor de un hombre maravilloso, potente y rico que me haría feliz por siempre jamás.
Recuerdo que decidí que iba a ser una diosa a cualquier precio. Me fui a ver a mi amiga Becky y ella -como siempre- me avivó del todo. Me dijo "mirá muñeca, las mujeres con el cuerpo tenemos dos posibilidades: estar histérica para estar flacas, o deprimidas por estar gordas".
Yo elegí la histeria. Que era igual que la depresión pero, por lo menos... ¡conocía gente!"

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Enrique Medina